Los anuncios realizados el 21 de mayo del 2011 por el Presidente Sebastián Piñera alcanzan, en materia legislativa, un 56% de cumplimiento, siendo las áreas de Tercera Edad (con un 100%), Desarrollo Social (con un 95%) y Seguridad Pública (con un 88%) las con más avance. En contraste, el estudio arrojó que en el área de Energía el cumplimiento corresponde a 0%.
Por su parte, en un seguimiento a los anuncios realizados el 21 de mayo del 2010, vemos que a la fecha sólo se han cumplido en un 100% las promesas -que implican iniciativa legal- referentes a Tercera Edad, Desarrollo Social y Telecomunicaciones, manteniéndose un 0% de cumplimiento las áreas de Energía, Discapacidad, Infraestructura, Clase Media y Deportes.
Por último, los ciudadanos podrán encontrar en www.deldichoalhecho.cl un análisis elaborado por la Fundación Ciudadano Inteligente respecto del “Informe de cumplimiento legislativo de los Mensajes Presidenciales 21 de mayo” publicado por SEGPRES, y que cifró en un 71% el cumplimiento en relación a los discursos 2010 y 2011, detallando por parte las discrepancias y concordancias con dicho informe.
La Fundación Ciudadano Inteligente evalúa año a año el cumplimiento, en materia legislativa, de los compromisos asumidos por la autoridad presidencial en sus discursos del 21 de mayo. El objetivo es entregar a los ciudadanos -a través de una web de fácil acceso y entendimiento- la posibilidad de realizar un seguimiento comparativo del cumplimiento de las promesas, fomentando una adecuada rendición de cuentas por parte de nuestras autoridades, así como el empoderamiento y fiscalización de la ciudadanía.
Para Felipe Heusser, Presidente Ejecutivo Fundación Ciudadano Inteligente, “El objetivo de “del Dicho al Hecho; 21 de mayo” es darle seguimiento en el tiempo al cumplimiento de los anuncios que involucran iniciativa legal y que son efectuados en los discursos de 21 de mayo por el Presidente de la República”, agregando que “en la actualidad, la tecnología ofrece a la ciudadanía la posibilidad de fiscalizar las promesas que nuestros gobernantes nos hacen. Se acabó el tiempo en que las promesas y los discursos quedaban en el olvido sin ser fiscalizados, en la era digital tenemos más herramientas para ejercer control de la gestión pública”.
Por su parte, Manuel Arís, encargado del proyecto y Jefe Área de Incidencia de la Fundación Ciudadano Inteligente, sostuvo que “la correcta rendición de cuentas le permite a la ciudadanía fiscalizar la gestión pública y revalorizar la actividad política, pero quienes se ven más beneficiados con este mecanismo son las autoridades, que legitiman sus decisiones y visibilizan sus logros. Ése es el objetivo que buscamos a través de una metodología imparcial y rigurosa como la que presentamos en Del Dicho al Hecho”.
La anterior fue semana de encuestas, un verdadero festín mediático con una serie de ritos característicos a los que ciertamente ya estamos acostumbrados, y entre los que pueden contarse entrevistas a directores de centros de estudio sobreanalizando cualquier cosa, sociólogos haciendo juicios políticos livianos como los de ningún otro profesional, y vocero de gobierno intentando mantener la compostura y demostrar una calma zen que —pretenden hacernos creer— supuestamente se cierne sobre todos los funcionarios de La Moneda, como si realmente tuvieran mil y una mayores preocupaciones antes que comentar los resultados de una encuesta.
Pero la verdad es que en un palacio de gobierno efectivamente existen —creo yo— mayores preocupaciones que los resultados de una CEP o una Adimark, aunque los hechos pudieren demostrar otra cosa. Porque si hay algo en lo que no podemos dejar de convenir es que durante los últimos años las encuestas han alcanzado un grado de importancia insano y casi patológico. ¿Lo peor? Siempre es el propio gobierno de turno uno de los principales impulsores a la hora de darles a estas preguntas y sus dígitos correlativos más mérito del que realmente revisten.
Ahora bien, desde luego los propios candidatos, ministros y Presidente no son los únicos actores de esta función. Un rol tanto o más relevante lo cumplen, desde luego, los encuestados, quienes deben evaluar con un tajante sí o un lapidario no —como si en la vida no existieran matices— el trabajo de los antes aludidos. ¿En base a qué criterio? Vaya a saber usted.
Sería interesante, por ejemplo, preguntarle a los encuestados, después de que hubieren respondido si acaso aprueban o desaprueban la gestión del Presidente, por qué razón afirman una cosa o la otra. Para ponerlo en términos pedagógicos, hago una especie de alusión a esa clásica pregunta de prueba escrita, acompañada al final de un no menos típico «fundamente».
El problema radica —me aventuro a pensar— en que en la mayoría de las ocasiones no hay mucho que fundamentar.
Dicen que las emociones rigen el mundo, empero, ello no significa que deba suprimirse todo atisbo de racionalidad de lo que decimos, hacemos y pensamos a diario, máxime cuando se trata del arte de gobernar. Así, creo con toda confianza que cuando un encuestado, un ciudadano cualquiera como usted o yo, con un mayor o menor grado de conocimiento, “desaprueba” la gestión del Presidente —más allá de que ésta efectivamente sea o no cuestionable—, sólo se está dejando influenciar por la labor de los medios de comunicación, quienes suelen ser realmente los que en la práctica modelan aquel difuso y cuestionable ente llamado “opinión pública”.
Soy un convencido de que cuando una persona desaprueba la gestión del Presidente, se está limitando a reducir una entera gestión política —con sus aciertos y errores, pero llena de matices y complejidades— a criterios absurdos pero inconscientes, como si lo ha visto últimamente en matinales, si ha emitido últimamente un chiste de mal gusto o si —aquí estriba el factor más poderoso— ha sido blanco de ataques o críticas políticas recientes.
Y qué poco importa realizar una mínima operación intelectual, por cierto, para diagnosticar la justicia o rigurosidad detrás de frases muchas veces diseñadas para la galería, que no atañen al fondo de los problemas políticos, sociales y económicos que pudieran aquejarnos como país. En cambio, resulta más fácil quedarse con el comentario vacuo del diputado de oposición, o a veces con el del compañero de oficina que pretende saber más de política que el resto.
Insistiendo en lo errático de las encuestas de opinión, y sin ir más lejos, el propio Eugenio Tironi ha señalado, incluso, que existen estudios que indican que las poblaciones tienden a ser más duras en la evaluación de sus mandatarios en períodos invernales, como si el frío actuara de forma subconsciente y moldeara el temple y las opiniones políticas de los ciudadanos sin que estos se den cuenta.
Y ya que estamos en lo determinante que pueden llegar a ser factores completamente exógenos y aparentemente irrelevantes, qué decir de la actuación de los mismos candidatos presidenciales en tiempos de campaña (períodos en que las acciones de los centros de estudio suben como la espuma, y la realización de encuestas políticas se transforma en una nueva fiebre del oro). Porque a veces basta haber visto a alguien dando conferencias de prensa en el momento preciso, bailando cueca o subiéndose a un tanque para que la ciudadanía adquiera una impresión positiva de ellos y les dé un voto favorable a la hora de responder una encuesta.
Pareciera, entonces, que un estudio de opinión en la práctica se ve más influenciado por vaivenes aleatorios de cualquier tipo antes que por un mínimamente riguroso e informado análisis o juicio político. De otra manera, no podría explicarse cómo —ya volviendo al presente— se mantienen bajas las cifras de aprobación que atienden a áreas en que al país —y por extensión al Presidente—, objetivamente, le va bien.
Si no parece verosímil lo dicho hasta ahora, basta tomar cualquier encuesta relativamente prestigiada y comenzar a desmenuzar sus números, para que comiencen a aparecer las contradicciones de quienes responden afirmando primero tal cosa, pero después, con una respuesta inocente y bienintencionada (o desinformada) socavan lo dicho anteriormente.
¿Acaso no es obvio? Las encuestas no son pruebas escritas como las de la universidad o el colegio, donde con relativa certeza puede comprobarse el grado de conocimiento sobre una determinada materia, asignándose una calificación en atención a si se ha cumplido o no con estándares objetivos y predeterminados. A diferencia de este tipo de exámenes, una encuesta como las de Adimark o CEP parecieran estar más cerca de un juicio de valor modelado por sensaciones vacuas y, en ocasiones, carentes de fundamento técnico alguno.
Entonces, la gran duda que queda dando vuelta es: si esto resulta archisabido, ¿por qué ignorarlo? Y es aquí cuando me pregunto si la llamada clase política opera de buena fe, dejándose atrapar por la vorágine de los números y de la instantaneidad moderna con cierta torpeza e ingenuidad, o si se trata de un consenso malévolo del que oficialismo y oposición han sido actores por mucho tiempo, donde el acuerdo tácito consistiría en jugar las reglas del juego y dejarse regir por números insignificantes atribuidos por gente no más importante.
No quiero dejar de aclarar, en todo caso, que mi intención no es decir que los resultados de la encuesta CEP de la semana pasada se deben a que se cambió a la hora de invierno, o realizar una alegoría a la actual gestión presidencial, ya que si bien es cierto que mi diagnóstico de ésta sea probablemente un poco más condescendiente que el de la mayoría, lo dicho hasta acá puede aplicarse en realidad a cualquier mandato presidencial anterior, y cualquiera sea el venidero. Después de todo, el fenómeno de las encuestas y sus simpáticas externalidades no es nuevo, ni privativo de una coalición política, ni tampoco limitado a los tiempos en que los números no remontan.
Mi intención pasa, en cambio, por deslegitimar en un grado más general a las encuestas como indicativos fiables de que una gestión va bien o no, y por destacar que los países no crecen al son de las cifras de popularidad.
A veces siento que esto es como si se tratara de un reality show, y no mucho más que eso. Por ello es que añoro el día en que conformemos una ciudadanía lo suficientemente informada como para leer entre líneas, darse cuenta de lo que sucede día a día en la política, y de que lo determinante no es si el candidato de turno aumenta, disminuye o mantiene su “capital político”. Hasta entonces, que la función continúe. Y usted, disfrute.
Al analizar en la actualidad la situación del lobby en Chile vemos que, a diferencia de otros países, en el nuestro no existe un registro público de lobistas, no existe trasparencia en las conversaciones entre alguna autoridad y quienes realizan la actividad del lobbying, no se sabe, al menos que exista alguna denuncia, si hubo lobby ante determinada discusión parlamentaria o incluso en la decisión que concierne al consejo municipal de alguna comuna.
Pero en concreto ¿Dónde está la paradoja? Bueno, la respuesta es sencilla y se encuentra en el boletín 3407 que ingresó al legislativo en noviembre del año 2003. Su ingreso nace de la imperante necesidad de regular esta actividad, y luego de un largo periplo por ambas cámaras se logró aprobar. Así, todo marchaba bien, sólo era cosa de que en el ejecutivo le pusieran la firma… lo que no paso, por el contrario, fue “victima” del veto presidencial el año 2008, y así hoy nos encontramos sin una regulación, cuando pudimos haberla tenido en vigencia desde hace ya unos cuantos años.
En términos simples el lobby una acción destinada a influir en la decisión de algún cuerpo de gobierno (sea este central, regional o local) o congreso, esto por medio de una estrategia comunicacional desde un grupo particular con el objetivo de que las decisiones que se tomen en lo público sean de interés para el grupo que busca influir en ella, esta acción se puede llevar a cabo por el mismo interesado, o por un tercero que se dedique a la realización de la actividad, un profesional del lobby.
Ahora bien es necesario hacer una diferenciación, y dice relación con el lobby y el tráfico de influencias; ¿tiene que ver una con otra?
En origen, no tienen porque relacionarse, pero la falta de regulación puede producir ciertas uniones. El lobby implica una estrategia comunicacional para obtener el beneficio en la toma de decisiones, mientras que el tráfico de influencia, en cambio, busca un intercambio de favores, beneficios o privilegios de carácter privado, entre el actor privado y el funcionario público, para que realice un uso o incluso abuso de sus atribuciones para favorecer al actor privado. En síntesis, podemos señalar que el Lobby excluye tanto el intercambio, insinuación u oferta de algún tipo de beneficio, regalía o ventaja, el lobby no puede incluir algún tipo de amenaza o anuncio de medidas perjudiciales para el funcionario que recibe al lobista.
Al no existir una regulación para la actividad de lobbying, resulta difícil saber cuántos son, cuáles son sus intereses, bajo qué condiciones se reúnen con los funcionarios públicos (diputados, senadores, subsecretarios, ministros, alcaldes o hasta concejales), ni menos poder asegurar que no se da el temido tráfico de influencias. Es quizás por esta misma razón que la primera impresión de una persona al escuchar “el lobby en esta materia es muy fuerte” lo asocia de inmediato a una acción negativa en donde se cuadran según ciertos favores, pero debemos salir de esa primera impresión, puesto que el lobby no es en sí misma una mala acción; si bien representa algunas contrariedades y desventajas para el ciudadano “de a píe”, por ejemplo puede amenazar el principio de igualdad de oportunidades, amenazar también el deber del Gobierno en cumplir con el bien general (puesto que podría beneficiar a un particular o a unos pocos), pero también presenta ventajas, como entregar mayor información a quienes toman decisiones, agilizar el intercambio de información entre la autoridad pública y el grupo de interés organizado.
Respecto a la regulación del Lobby, son variados los ejemplos que se pueden comentar, el primer intento por regularlo lo podemos encontrar en Estados Unidos, en donde se crea un registro de lobistas exigiendo a estos su inclusión (1876), lo que se ha ido perfeccionando con el paso del tiempo incluyendo al registro una ley de divulgación de las actividades en las cuales se practica la actividad (http://www.bcn.cl/carpeta_temas/temas_portada.2005-10-24.0971900095/pdf/correccionsactloobyeeuu.pdf ), en Inglaterra y Escocia no existe un registro exhaustivo como en otros países, pero ellos optaron por la creación de un código que les regula, algol así como una ética del lobbying, que es obligatoria para quienes se asocian a asociaciones que se encargan de implementar el código (es un funcionamiento similar al de los colegios profesionales). En Canadá existe un acta de registro del lobistas (http://www.bcn.cl/carpeta_temas/temas_portada.2005-10-24.0971900095/pdf/leycanada.pdf ) en Perú está la ley n°28024, normativa que regula la gestión de intereses en la administración pública, y que a su vez encuadra la actividad del lobby (http://www.bcn.cl/carpeta_temas/temas_portada.2005-10-24.0971900095/pdf/leyperu.pdf ).
Al día de hoy, el anuncio del Gobierno aún no se concreta, aún no existe una regulación de la actividad en cuestión, aún no podemos saber en qué materias se realiza la actividad (solo lo podemos elucubrar), seguimos en ascuas si hay tráfico de influencias… así seguiremos siendo lo mismo, más que un “paraíso del lobby”, lo denominaría “la selva del lobby”, donde se confunden los intereses políticos con los económicos, y no podemos hacer mucho por terminar con ello, quizás podría servir hacer algo de lobby para que esta situación al fin termine.
Hablar de descentralización en Chile hoy en día está de moda. Sin embargo, es un tema de gran complejidad. Ni siquiera los expertos están de acuerdo en una única estrategia de descentralización para Chile. Para algunos ello pasa por potenciar la regionalización a través de los gobiernos regionales (siendo el paradigma la existencia de un intendente o un presidente regional elegido popularmente) o avanzando hacia un esquema de federal (de discutible raigambre cultural e histórica en nuestro país); otros creen se debe abandonar la estrategia de regionalización a cambio de una reforma radical que potencie los gobiernos locales (y en donde sea posible, por ejemplo, otorgar a los Municipios potestades amplias en materias de seguridad pública, como la posibilidad de crear policías municipales).
Lo anterior va acompañado, además, de discusiones en torno a la posibilidad de que exista una descentralización fiscal: financiamiento de bienes públicos regionales o locales mediante tributos que no van a un fondo común, y que permitiría, que la carga tributaria fuese parte de las ventajas competitivas de cada región y del atractivo de las mismas. Ello se ha vinculado, por ejemplo, a la competencia en Estados Unidos entre los estados para cobrar bajos impuestos a las empresas para constituirse en dichos estados, o bien transformarse en un “paraíso fiscal” a la hora de cobrar impuestos bajos a los adultos mayores que ya se han jubilado.
Hay todavía una tercera estrategia, un modelo ecléctico, como el actualmente existente bajo nuestra legislación, que busca integrar ambos ámbitos de actuación estatal bajo la lógica de la subsidiariedad competencial. Esta última es la posición que pareciera buscar sacar adelante el Presidente de la República al sostener en el discurso del 21 de mayo de 2010 que: “Todo aquello que puedan realizar los gobiernos regionales mejor que el gobierno central, será de competencia de las regiones. Y todo lo que puedan hacer mejor los municipios que los gobiernos regionales, será de competencia de los municipios”.
La actual agenda gubernamental en descentralización está buscando aterrizar en medidas concretas la visión presidencial antes descrita. Ello ha implicado para este año duplicar la inversión regional respecto al promedio 2002-2009 y un aumento sustancial en recursos en salud y educación a nivel local; aumento de más de $100 mil millones respecto al 2009 en el Fondo Común Municipal; la transferencia de competencias a nivel regional y comunal; la elección directa de los consejeros regionales; simplificar y facilitar la realización de plebiscitos comunales y consultas ciudadanas; y repensar el esquema de incentivos especiales para las zonas extremas en cuanto a la bonificación a la mano de obra, crédito tributario a la inversión y el fondo de fomento de zonas extremas.
Se trata entonces no sólo de un aumento de recursos; sino un esfuerzo serio por intentar delinear una estrategia en la materia.
Si bien creemos es un buen punto de partida; debe, en todo caso, considerar el potencial de distorsiones que se pueden generar; la captura de la legislación pro parte de los grupos de interés (que sólo potencia movimientos y protestas como los de Aysén bajo la forma de un discurso de interés nacional); evitar una lógica desarrollista desde el gobierno central; y, que el actual esquema de evaluación de políticas (tanto a nivele de beneficios como de regulaciones) es todavía débil.
El Estado, por lo mismo, no puede perder de vista cumplir sus principales roles. Es por eso que es necesario mejorar el acceso a estas regiones y la conectividad del país, porque indirectamente se atacarán los problemas anteriormente mencionados, y se logrará la verdadera unión geopolítica del país, terminando con el aislamiento de las zonas extremas.
Asimismo, el establecimiento y respeto por reglas claras que permitan el desarrollo de mercados y de la iniciativa privada en actividades como minería, comercio y turismo en la zona norte, y la agrícola-silvícola, pesquera y manufacturera para la del sur; tienen un potencial mayor que la entrega de beneficios selectivos.
Decir que Chile es un país que cambió, con ciudadanos hoy más “empoderados“, es un lugar común. Y de los favoritos en el vocablo de los políticos que pretenden vender el fiasco de la renovación.
Algunos más osados, como Tironi, aseveran que todo tiene su génesis en el mandato de la ex Presidente Bachelet; que fue ella quien instauró en el país un liderazgo “distinto”, más “horizontal”, más “maternal” y merecedor de toda clase de rasgos y apelativos siúticos de esos que fascinan a sociólogos, columnistas u opinólogos en general.
Sin embargo, no tantos se han esmerado en tratar de desentrañar a qué hacen alusión estas manoseadas frases clichés, que como otras tantas que se han instalado en la política nacional en distintos períodos –recuérdese la prostitución del vocablo “progresismo” durante la última presidencial–, parecen tener más de floritura retórica que de contenido.
Podría aseverarse que el que hoy los ciudadanos de Chile se encuentren más “empoderados” equivale a que sean más conscientes en la exigencia de sus derechos, y probablemente pocos se opondrían. Lamentablemente, si entendiésemos que efectivamente ocurre así, no parece saludable que tal cambio social tenga asidero si se lleva a la práctica de forma extrema, máxime si consideramos la existencia de esa clásica cultura, tan asentada en nuestra idiosincrasia, de exigir muchos derechos, pero cumplir pocos deberes.
Esto ha llegado en pleno 2012 a límites absurdos. Donde existe una colectividad –llámese ciclistas, homosexuales, heterosexuales, cuidadores de mascotas, pescadores, conductores, cocineros o meseros–, existe una causa que merece ser luchada (intereses privados, legítimos, pero aún circunscritos a un reducido grupo de la población). Donde existe una causa que merece ser luchada, hay un grupo de ciudadanos aguerridos dispuestos a exigir a la autoridad. Y donde hay un grupo de ciudadanos exigentes, supuestamente “empoderados” y conscientes de sus derechos, existe la enorme posibilidad de que se incurra en el ya clásico recurso de salir con todo a la calle, y de ahí para adelante que sea lo que Dios quiera.
Por supuesto que no siempre resulta especialmente alarmante esto último. El más novedoso de los paros es el declarado hace algunos días por un grupo de trabajadores del Censo 2012. Y más allá de la legitimidad o inexistencia de ésta en el movimiento, no parece sensato prever que se tratará de uno que podría alcanzar ribetes insospechados y poner a La Moneda de cabeza, como sí lo han hecho tantos otros en los últimos dos años.
El problema aparece, en cambio, cuando se trata de grupos que, precisamente, sí pueden llegar a conseguir un gran arrastre, al punto de poner en entredicho la institucionalidad del país y, peor aún, su estabilidad sociopolítica, como fue el caso de Aysén y las llamadas marchas estudiantiles.
Desde luego, podrá alegarse desde el fondo del movimiento de turno la legitimidad de sus demandas y la obligación del Estado por satisfacerlas, ya que el objetivo de este último es propender al bien común. Sin embargo, suele olvidarse muchas veces que así como cada grupo de interés privado cuenta con una serie de exigencias legítimas, hay cientos de otros grupos al lado haciendo fila para conseguir su propio proyecto de ley o aumento de lucas. Así, prima una cultura del egoísmo y egocentrismo que desnuda, más que un auténtico “empoderamiento” en la sociedad civil chilena –que tampoco es tal puesto que implica responsabilidades–, un deseo de llegar hasta las últimas consecuencias, por complejas que aparezcan, sin que importe demasiado resto.
Y qué importante es ese resto, por cierto. Podríamos hablar aquí de orden público, para que nos entendamos, pero probablemente a muchos el concepto les traiga aparejados viejos y malos recuerdos. Sin embargo, es necesario hacer notar que no se trata de defender estandartes de la vieja guardia ni ideas supuestamente autoritarias que pretenden sublimar valores cuestionables del republicanismo por sobre otros más democráticos y socialmente aceptados.
El orden público no es otra cosa que un cierto estado de paz social que posibilite el normal desenvolvimiento de la comunidad; que un oficinista pueda llegar a su trabajo sin necesidad de esquivar barricadas; que familias puedan salir a pasear un fin de semana sin temer encontrarse con piedras o desórdenes de otro tipo.
También podría alegarse eventualmente que quien suscribe confunde la legitimidad de las marchas autorizadas como manifestación de la voluntad social, con los desmanes de encapuchados que nada tienen que ver con los protestantes que anhelan ser escuchados. Sin embargo, resulta imposible convocar a esta clase de manifestaciones sin prever que los resultados acabarán siendo los mismos de siempre; los mismos que la historia reciente se ha encargado de reafirmar una y otra vez. Crear una barrera entre ambos fenómenos, con el pretensioso deseo de disociar una cosa y la otra, parece artificioso y autocomplaciente.
Junto con el orden público, suele arriesgarse también una cosa no menos importante, que es la legitimidad de nuestra institucionalidad. En efecto, en la medida en que cualquier demanda comienza a ser canalizada a través de gritos y marchas, se va creando una situación de inestabilidad social en que pareciera que no hay nadie capaz de representarnos, en que las autoridades no cuentan con legitimidad para actuar y en que el margen de acción de las instituciones es casi inexistente, porque sencillamente todo parece muy burocrático y engorroso y ya nada resulta tan expedito y efectivo como cortar un par de caminos, llamar a la prensa y “emplazar” (otro término trillado y de significado equívoco) a las autoridades.
En resumen, este falso “empoderamiento” sólo ha contribuido a que ante cualquier seña de descontento o problemática nos valgamos única y exclusivamente del que antaño era el último recurso, pero que ahora parece ser la primera opción en la lista de medidas a tomar.
Hoy, cuando nos encontramos ad portas de la que parece ser una nueva oleada de movilizaciones promovidas por la Confech, parece necesario recordar que la legitimidad de nuestras demandas no difiere demasiado de la legitimidad de las exigencias de quien se encuentra al lado, y que ser escuchado porque uno grita más fuerte, porque se puede reunir a más colaboradores o porque –aunque se niegue– se cuenta con la maquinaria de un partido detrás, no parece justo. Pintarse la cara, gritar fuerte y exigir hasta las últimas consecuencias, según mi humilde criterio, dista bastante de un verdadero “empoderamiento”.
Puede que el hecho de que Chile haya cambiado en los últimos años sea el único cliché verdadero, pero, lamentablemente, tampoco parece que dicha metamorfosis haya operado para bien.
Recientemente se han dado a conocer los resultados de la Encuesta Nacional Urbana de Seguridad Ciudadana 2011 (ENUSC), que es considerada como el instrumento de mayor precisión para medir la delincuencia.
Los resultados presentados muestran que en un 31,1% de los hogares chilenos, al menos uno de sus miembros ha sido víctima de un delito durante los últimos 12 meses anteriores a su aplicación. Esta cifra implica un aumento de 10% en comparación a los niveles de 2010 y han sido evaluados de manera positiva por parte del Gobierno por encontrarse en línea con la meta establecida por el Plan Chile Seguro: reducir la victimización a una tasa inferior a 29% para el 2013.
Llama la atención los importantes aumentos que se dan en victimización en las regiones III, VI y Metropolitana, por aumentos en diversos delitos y las disminuciones no significativas que se dan en la VII, VIII y IX región, que a su vez cuestionan la relación de las excepcionales cifras del 2010 con el terremoto 27F. En términos de percepción, vemos que los resultados muestran aumentos de una percepción “negativa” de la gente respecto al tema y una mayor sensación de inseguridad. Datos que si son destacables son el aumento en las denuncias, que han sido crecientes desde 2008 y que reflejan indirectamente mayor confianza por parte de la sociedad en el sistema, puesto que mayor número de víctimas se acerca a denunciar y busca la persecución de sus delitos.
A mi juicio, es posible concluir que los resultados obtenidos por la encuesta son negativos, puesto que implican un aumento estimado de 460 mil delitos para todo el país durante 2011, pero sin embargo, se encuentran dentro de lo esperado y muestran una tendencia de victimización general que continúa a la baja. Respecto al aumento producido en relación a 2010, éste era esperable, ya que diversas cifras entregadas en 2011 habían “predicho” este fenómeno y demostrado que el 2010 había sido un año excepcionalmente bueno. Las razones son difíciles de explicar y se pueden asociar a una diversidad de factores, entre ellos, las altas expectativas generadas en relación a la mano dura del nuevo Gobierno en 2010, algo atribuible al terremoto, la cantidad de desórdenes públicos que ocurrieron en 2011 y otros.
Sin duda, los resultados nos demuestran que la delincuencia es un asunto prioritario y que, por ende, se requieren cambios más profundos y políticas eficientes. En este sentido, es importante resaltar la labor que se está haciendo respecto a la implementación de programas basados en la evidencia, puesto que éstos evitan la improvisación, generan una mayor eficiencia en la utilización de recursos y tiempo, a pesar de que sus resultados pueden ser de mediano plazo. Cabe destacar los primeros resultados atribuibles al Sistema Táctico de Análisis del Delito (STAD) y a otros programas implementados que se han dado a conocer en la Región Metropolitana.
Por Rudi Borrmann, Director General de Información y Gobierno Abierto de la Ciudad de Buenos Aires.
Siete meses pasaron desde que en Septiembre del año pasado se lanzó la Alianza Internacional para el Gobierno Abierto (Open Government Partnership) una iniciativa de Estados Unidos y Brasil para englobar a los países que implementan políticas de Gobierno Abierto. En ese momento 8 países formaban la Alianza, hoy son 55 con la reciente incorporación de Rusia.
Este primer encuentro anual, realizado en la ciudad de Brasilia, tuvo hoy su gran apertura con la presencia de, probablemente, las dos mujeres más poderosas del mundo: la secretaria de Estado de los Estados Unidos, Hillary Clinton, y la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff. Cerca de las 10 de la mañana, la sala principal del Centro de Convenciones Ulysses Guimaraes estaba colmada con más de 1000 personas.
Funcionarios de los diferentes países miembros, representantes de la sociedad civil de todo el mundo, periodistas y gente del sector privado esperaron las palabras de ambas mujeres que se mezclaron con los discurso de Nika Gilauri, primer ministro de Georgia, Jakaya Kikwete, Presidente de Tanzania, y varios ministros de Brasil (hay que mencionar que el gabinete completo de Rousseff estaba presente en el evento). Los discursos fueron algo similares, un listado de las iniciativas implementadas en sus países, el fuerte compromiso y los desafíos del futuro.
“El Gobierno Abierto no es una varita mágica que soluciona problemas, es clave la voluntad política”, dijo Hillary en su discurso. Para luego remarcar algo que se repetiría en todas las sesiones, la importancia del rol que juega en estas iniciativas la sociedad civil “Deben estar al mismo nivel que los países de la Alianza, debemos aprender mucho de ustedes”, dijo la ex senadora.
Por su parte Dilma remarcó que la “la Alianza representa una nueva forma de relación multilateral” y que “la apertura de datos debe darse no sólo en el ejecutivo sino también en el nivel judicial y el legislativo”.
La agenda para el primer día tuvo como eje central las presentaciones de los planes de acción de los países miembros. Un funcionario del país exponía (en 5 minutos) los lineamientos principales del plan y luego un representante de la sociedad civil ofrecía la mirada del sector. El contrapunto resultó muy interesante, pero en varias charlas no quedó mucho tiempo para preguntas en debates que eran muy ricos. “¿Cómo mejorar los métodos de consulta a la ciudadanía?, ¿Cómo involucrar a la gente”, “¿Cuál es la mejor manera de abrir información pública?”.
En líneas generales todos estaban de acuerdo en que no existe una línea de acción específica a seguir. No hay un manual de cómo un país avanza hacia el Gobierno Abierto. Pero se avanza. Y lo importante de este primer día fue tener en claro la importancia del intercambio y la colaboración entre las administraciones que avanzan en estos proyectos, y por supuesto, el rol clave que cumple la sociedad civil en estos temas. Este último concepto se repitió en muchísimos paneles. Son justamente las organizaciones de la Sociedad Civil las que llevan más tiempo trabajando los temas de transparencia y participación ciudadana, su rol en estas iniciativas es fundamental.
Me llamó la atención que países en crisis (y que se acaban de integrar a la Alianza), como Italia y España, marcaron la necesidad estratégica de apoyar este tipo de políticas, aún cuando la prioridad parecen tenerla temas más urgentes. Hay una entendimiento generalizado que este es el único camino, tarde o temprano, con o sin crisis.
Tim Kelsey, Director de Transparencia y Open Data para el Reino Unido, mencionó en el panel de Europa del Oeste, el rol clave de la transparencia como un disparador para hacer un Gobierno más eficiente. Su contraparte de la sociedad civil, Rufus Pollock, Director de la Open Knowledge Foundation, hizo hincapié en la importancia de establecer alrededor de las políticas de Open Data, marcos regulatorios a largo plazo que blinden de alguna forma las iniciativas y les permitan crecer e instalarse.
Desde hoy y hasta el 18 de abril se realizará en la ciudad de Brasilia una nueva conferencia anual de la Sociedad de Gobierno Abierto (Open Government Partnership). En dicha instancia, más de 50 gobiernos del mundo se encontrarán con organizaciones de la sociedad civil para fortalecer el compromiso que mantienen sus miembros de promover la transparencia, la autonomía delos ciudadanos, combatir la corrupción, y aprovechar las nuevas tecnologías para fortalecer la gobernabilidad.
Como miembro y representante de la sociedad civil latinoamericana, una vez más la Fundación Ciudadano Inteligente reafirma su compromiso con los Gobiernos Abiertos, y se hará presente representada por el Presidente Ejecutivo de la Fundación, Felipe Heusser, y el Gerente Juan José Soto. Además, por primera vez participarán del encuentro dos grandes proyectos de Ciudadano Inteligente; Desarrollando América Latina y Desarrollando El Caribe, que van representados por su coordinadora Anca Matioc.
289.692.417.254, no es ni un número de llamado al extranjero, ni los minutos que hay en un año, esa es la cifra en pesos de lo que en promedio el Gobierno gasta al año en mantención de servicios básicos para los estudiantes de la educación pública.
Gracias a una solicitud de información pública realizada por El Vaso en la plataformaAcceso Inteligente,de la Fundación Ciudadano Inteligente, que te permite solicitar información a los organismos públicos de manera simple y efectiva, se pudo conocer cuánto gastó el Gobierno el 2011 en entregar alimentación, útiles y computadores a los escolares de la educación pública.
En útiles escolares el Estado desembolsó el 2011 un total de $2.954.725.523 para 1.212.125 escolares, es decir, por cada estudiante se invirtió $2.437 pesos para sus útiles. La región en la que más se gastó en este ítem fue la Metropolitana, dado su mayor número de colegiales, donde para 398.364 estudiantes se destinaron poco más de $932 millones de pesos. Mientras que en la región que menos dinero se gastó fue en la de Magallanes que recibió $17.712.620 pesos para 7.060 alumnos.
En cuanto a la comida, la Junaeb no especificó la cantidad de estudiantes que reciben este beneficio, pero sí mostró los montos gastados por el Estado en este servicio durante el mes de noviembre del pasado año, tomándolo como mes referencial. El total de $30.148.701.009 pesos fue lo que se invirtió en el penúltimo mes del 2011 para entregarles alimentación a los escolares de la educación pública.
La entrega de esta alimentación, que consiste en desayuno y almuerzo o sólo este último – dependiendo del recinto- y que les proporciona a los jóvenes entre 700 a 1000 calorías, costó poco más de 8 mil millones de pesos para los alumnos de Media, $18.515.270.832 para los alumnos de Básica, $1.718.786.985 para los de Kinder, mientras que para los de Pre kínder se desembolsó mil millones y medio de pesos.
En definitiva, si consideramos 9 meses de asistencia escolar, se puede decir que para entregar alimentación en la educación pública el Estado gasta $271.338.309.081, algo así como US$542 millones de dólares.
Además de los útiles y la alimentación, el Gobierno ofrece una iniciativa llamada “Yo elijo mi PC” la cual consiste en premiar con un computador de regalo a los alumnos de 6° Básico que tuvieron mejor rendimiento y que pertenezcan al 40% más vulnerable de la población. Estos aparatos tecnológicos se escogen a partir de un catálogo que el Gobierno ofrece donde se encuentran diversas marcas con distintas capacidades de funcionamiento.
El programa lleva tres años y 150 mil escolares ya han recibido su PC. Este año 59.334 estudiantes fueron escogidos para recibir este beneficio lo que le significará al Estado $15.399.382.650 pesos. De estos casi 31 millones de dólares la Región Metropolitana es la que se lleva mayor parte, con 4 mil millones y medio de pesos, dado a sus 16.756 alumnos que clasificaron para el premio. De tras lo siguen la VIII Región con 9.169 estudiantes recompensados y la V Región con 5.858 de estos alumnos. Por su parte, la región con menos escolares premiados fue la de Aysén, que tuvo 361 colegiales clasificados para el beneficio, lo que al Estado le costará $97.127.772 pesos.
En definitiva, si se consideran los gastos por alimentación de 9 meses, más lo desembolsado por útiles escolares, y el programa “Yo elijo mi PC”, el Estado gasta al año en estos servicios de mantención para los alumnos de la educación pública $289.692.417.254 pesos, cerca de US$ 579 millones de dólares
Durante los últimos días se presentó en la prensa el caso del Fiscal Hardy Torres, de la Fiscalía de Pozo Almonte en la Región de Tarapacá, a raíz de la sobrecarga laboral que presenta con 3.852 causas y 70 juicios orales al año y sin nadie que lo pueda reemplazar. Al respecto la Fiscalía Nacional dio a conocer la información sobre los 10 fiscales que presentan mayor carga de trabajo en nuestro país, con un rango entre 5.627 y 3.382 causas y un promedio de 3.900 causas por cada uno.
Sin duda, estos datos han sido sorprendentes y se han traducido en hechos relevantes. Por una parte, la Fiscalía Nacional ha dispuesto como medida transitoria que 8 fiscales de las distintas regiones del país se trasladen durante un mes a la Fiscalía de Tarpacá con el objetivo de apoyarlos y mejorar esta situación cuasi colapso. Por otro lado, el Ministro de Justicia y el Ministro del Interior se han comprometido con el Fiscal Nacional a enviar un proyecto de Ley de fortalecimiento del Ministerio Público durante el mes de Abril.
Desde hace ya bastante tiempo, el Ministerio Público ha presentado su Plan de Fortalecimiento, elaborado el 2008 y evaluado en US$ 80 millones, buscando hacer frente a la sobrecarga de trabajo que estaría enfrentando y a las demandas de mayor especialización y efectividad de su labor. Para esto, el plan cuenta con 4 componentes: la creación de una Fiscalía Supraterritorial de Criminalidad Altamente Compleja; una política de ajuste por criminalidad compleja y menos compleja que busca reforzar las Unidades de Tramitación de Casos Menos complejos (TCMC), una mejora en la atención a usuarios (Call center y Contact center) y, por último, la generación de “modelos de control” en la suspención condicional del procedimiento, que entreguen un registro actualizado y permanente de las sanciones impuestas en el medio libre.
Creo que es importante considerar que, dada la relevancia que posee el Ministerio Público dentro de la cadena de persecución penal, al ser el monopolio de la acción penal pública y al ser el ente a cargo de la investigación policial y decisorio frente a quienes se presentan al sistema judicial (y pueden por lo tanto ser objetos de condena), es necesario enfrentar el problema que hace meses viene reclamando y fortalecer sus debilidades.
Por otro lado, no cabe duda de que el plan presentado por la Fiscalía Nacional tiene objetivos positivos y socialmente deseables. Sin embargo, en economías donde los recursos públicos son escasos, debemos buscar la optimización de estos, invirtiendo en aquello de mayor “rentabilidad” para la sociedad. Es por ello que debemos plantearnos que medidas son las realmente necesarias y óptimas de ser aplicadas y cuáles son posibles de obtener mediante una mejor distribución de los recursos actuales, tanto presupuestarios como humanos.
Es una realidad que existe sobrecarga de trabajo en muchas de las fiscalías, que la dotación del Ministerio Público en tiempos de la reforma Procesal Penal se fijó en 1.000 causas por fiscal, lo que en la actualidad equivaldría a unas 2.000 causas. Sin embargo, si debemos considerar que tal como en algunos casos la carga llega casi a 4.000 causas por fiscal, también se da el hecho que casi un 80% de los ingresos del Ministerio Público va directamente a las TCMC, unidades administrativas, encargadas de aplicar algún término facultativo rápido y en casos excepcionales, ahondar en una mayor investigación para terminar en manos de un fiscal. Bajo esta perspectiva, y considerando también la propuesta de una fiscalía supraterritorial encargada de los delitos de alta complejidad, debemos cuestionar la posibilidad de reasignaciones internas, ya sea entre fiscales o desde funcionarios de Fiscalía Nacional.
Respecto a las TCMC, fortalecerlas puede ser beneficioso si esto se traduce en una mayor capacidad investigativa y mayores salidas judiciales de calidad. En cuanto a las suspensiones condicionales del procedimiento, independiente de la forma o el modelo, es esencial un control adecuado que disminuya los niveles de impunidad, sobre todo porque el 2011 constituyeron un 17% del total de términos, superando incluso a la sentencia definitiva condenatoria.
Por último, creo importante mencionar, que independiente del proyecto que se presente, o los componentes que se decida fortalecer, es relevante vincular las mayores entregas de recursos a mayores compromisos o indicadores de impacto que se traduscan en una persecución más eficaz.
¿Qué piensa cada congresista sobre el binominal, el semipresidencialismo, el matrimonio homosexual o sobre el aborto terapéutico?, ¿A qué opositor de su conglomerado político admiran más, a cuál menos?, ¿cuáles son sus creencias religiosas y cuáles sus referentes personales? 19 parlamentarios de diferentes partidos políticos accedieron a someterse al Rayo X Político, la nueva iniciativa de El Vaso, el blog de la Fundación Ciudadano Inteligente.